¿Por qué me cuesta tanto cuidarme?
Compatir
"No podemos cambiar aquello que no comprendemos. Y pocas cosas generan
tanta culpa como no entender por qué nos comportamos de una determinada
manera."
Si has llegado hasta aquí, probablemente hay una parte de ti que desea cuidarse más.
Quizá llevas tiempo diciéndote que deberías descansar antes, comer con más calma, dormir
mejor, poner límites o dedicarte un rato cada día. Sin embargo, cuando llega el momento de hacerlo, algo parece impedirlo.
Tal vez piensas:
"No tengo tiempo." "Ya descansaré cuando termine todo." "Primero están los demás." "No
me lo he ganado todavía." "No sé estar quieta."
Y, cuando por fin consigues sentarte en el sofá o reservar una tarde para ti, aparece una
sensación incómoda. Una especie de inquietud difícil de explicar. Quizá coges el móvil sin
darte cuenta. Quizá empiezas a hacer listas mentales. Quizá recuerdas todo lo que aún
queda pendiente. O quizá aparece una emoción conocida: la culpa.
Muchas personas interpretan esta dificultad como un problema de organización, de fuerza
de voluntad o de disciplina. Se reprochan no saber priorizarse o creen que simplemente son demasiado exigentes.
Sin embargo, la psicología y la neurociencia nos muestran una realidad mucho más
compasiva: la mayoría de estas conductas son respuestas aprendidas por nuestro
sistema nervioso.
En otras palabras, no es que no quieras cuidarte. Es posible que tu cuerpo todavía no haya
aprendido que hacerlo es seguro.
El cerebro no busca que seas feliz
Existe una idea que suele sorprender mucho cuando la escuchamos por primera vez.
Nuestro cerebro no está diseñado para hacernos felices. Está diseñado para mantenernos
vivos.
Desde el punto de vista evolutivo, nuestros antepasados sobrevivieron porque eran capaces de detectar el peligro rápidamente. Quienes tardaban demasiado en reaccionar ante una amenaza tenían menos probabilidades de sobrevivir. Por eso nuestro cerebro presta mucha más atención a aquello que puede representar un peligro que a aquello que nos produce bienestar.
A este fenómeno se le conoce como sesgo de negatividad.
Imagina por un momento que sales de casa y recibes diez comentarios a lo largo del día.
Nueve son agradables. Uno es una crítica. ¿Cuál recordarás al acostarte?
La mayoría de las personas recuerdan la crítica. No porque sean negativas.
Sino porque el cerebro considera que esa información puede ser importante para
protegernos en el futuro.
Este mismo mecanismo explica por qué muchas veces olvidamos con facilidad los
momentos de calma y, sin embargo, recordamos con claridad experiencias dolorosas.
El cerebro almacena especialmente aquello que cree que puede ayudarnos a sobrevivir.
Nuestro sistema nervioso aprende
Aunque hay algo todavía más importante: El cerebro no solo recuerda acontecimientos.
Aprende patrones. Cada experiencia repetida deja una pequeña huella.
Si durante años una persona vive en un ambiente tranquilo, su sistema nervioso aprende
que el mundo suele ser un lugar seguro. Pero si una persona crece en un entorno donde
predominan la crítica, la imprevisibilidad, la tensión o la necesidad constante de adaptarse,
el sistema nervioso aprende algo diferente. Aprende que hay que estar preparado.
Que conviene anticiparse. Que es mejor no bajar la guardia. Que descansar puede ser
arriesgado.
Lo interesante es que este aprendizaje ocurre, en gran parte, de forma automática. No
necesitamos decidir conscientemente para aprenderlo.
Nuestro cerebro lo registra porque considera que esas estrategias aumentan nuestras
posibilidades de sentirnos seguros.
Cuando sobrevivir se convierte en una forma de vivir
Las personas no repetimos aquello que nos hace felices. Repetimos aquello que
nuestro sistema nervioso ha aprendido que nos mantiene a salvo.
Detente un momento en esta frase. Muchas personas organizan toda su vida alrededor de
la productividad. No saben parar. Les cuesta pedir ayuda. Siempre están haciendo algo.
Desde fuera puede parecer una persona muy responsable, pero por dentro suele existir una
sensación permanente de tensión.
Cuando estas personas intentan descansar, lejos de sentir alivio, aparece ansiedad. Y esto
suele generar todavía más culpa. "¿Qué me pasa?" "¿Por qué no sé disfrutar?" "¿Por qué
necesito estar haciendo cosas constantemente?"
La respuesta suele encontrarse mucho más atrás.
En algún momento de su historia, mantenerse ocupada probablemente fue una estrategia
que le ayudó a sentirse segura, aceptada o valiosa.
El problema es que el sistema nervioso no distingue muy bien entre el pasado y el presente.
Si una estrategia funcionó durante muchos años, seguirá utilizándose aunque las
circunstancias hayan cambiado.
Por eso muchas personas continúan viviendo como si todavía tuvieran que demostrar
constantemente su valor.
El sistema nervioso es como un detector de humo
Me gusta utilizar una metáfora que suele ayudar mucho a comprender este funcionamiento.
Imagina un detector de humo instalado en una casa. Su trabajo consiste en detectar
incendios. Si el detector funciona correctamente, sonará cuando realmente exista un
peligro. Pero imagina ahora que ese detector se vuelve extremadamente sensible. Empieza
a sonar cuando alguien cocina. Cuando se hace una tostada. Cuando sale vapor de la
ducha. Incluso cuando no ocurre absolutamente nada.
El detector no está estropeado. Está intentando proteger la casa.
Simplemente interpreta demasiadas situaciones como si fueran peligrosas.
Con nuestro sistema nervioso ocurre algo parecido. Después de vivir determinadas
experiencias, algunas personas desarrollan un "detector de amenazas" muy sensible.
Entonces aparecen conductas como:
● Revisar constantemente que todo esté bien.
● No poder relajarse.
● Anticipar problemas.
● Pensar en todos los escenarios posibles.
● Sentirse responsable de todo.
● Tener dificultades para delegar.
● Necesitar controlar.
● Sentir culpa cuando descansan.
No porque sean personas débiles. No porque estén haciendo algo mal. Sino porque su
sistema nervioso aprendió a protegerlas de esa manera.
Y, aunque hoy esas estrategias puedan resultar agotadoras, es importante recordar que un
día tuvieron una función. Esta idea cambia profundamente la forma de mirarnos. Ya no
hablamos de defectos. Hablamos de adaptaciones y defensas.
Del juicio a la comprensión
Uno de los objetivos principales de este artículo es ayudarte a cambiar la pregunta que te
haces. Muchas personas viven preguntándose:
"¿Qué me pasa?" Sin embargo, desde un enfoque informado en trauma, la pregunta
cambia. En lugar de preguntarnos: "¿Qué me pasa?" Empezamos a preguntarnos: "¿Qué
me ocurrió para que mi sistema nervioso aprendiera a funcionar así?"
Este pequeño cambio tiene un enorme impacto. Porque deja de situar el problema en la
persona y comienza a comprender el contexto en el que se desarrollaron sus estrategias de
supervivencia. No significa vivir anclados en el pasado ni buscar culpables. Significa
entender que muchas de nuestras respuestas actuales tienen una historia. Y que conocer
esa historia es el primer paso para transformarla.
Te invito a hacer este ejercicio de reflexión
No busques la respuesta "correcta"; busca la que sea verdadera para ti.
- ¿Qué significa para mí "cuidarme"?
2. ¿Qué emociones aparecen cuando pienso en descansar?
3. ¿Qué suelo hacer cuando tengo un rato libre?
4. ¿Qué frases me digo cuando no estoy siendo productiva?
5. ¿Cuándo fue la última vez que descansé sin sentir culpa?
6. Si mi cuerpo pudiera hablar, ¿qué crees que me pediría hoy
No analices todavía las respuestas. Simplemente observarlas.
Y para finalizar… Recuerda:
El autocuidado no es una habilidad con la que se nace; es una experiencia que se aprende.
Tu sistema nervioso hace lo que cree que necesita para protegerte.
Muchas de las conductas que hoy te hacen sufrir fueron, en otro momento de tu vida,
estrategias inteligentes de adaptación.
Comprender tus patrones no significa justificarlos; significa dejar de luchar contra ti para
empezar a trabajar contigo.
Gracias por leerme :)
¡Hasta la próxima!